Yo defiendo la necesidad de un eclecticismo práctico en los profesionales de la terapia, sin rechazar ninguna técnica, corriente o terapia como fuente de aprendizaje. Defiendo la especificad de cada persona que merece ser atendida lo mejor posible, escuchando y respetando sus particularidades y diferencias (Cañas, 2004). Defiendo también un espíritu más autocrítico por parte de los profesionales de la psicología, recordando a todos los profesionales la necesidad de aprendizaje contínuo y de reciclaje profesional. Defiendo la humildad del que se debe a los demás en su ejercicio profesional. Por último, defiendo el sagrado deber de la tarea como obligación profesional por encima de dogmas, teorías y creencias, con el compromiso de honradez y claridad que creo debemos tener los psicólogos. No creo que haya nada más contraproducente para la relación terapéutica que un psicólogo, sea de la rama que sea, utilizando jerga psicológica contra alguien que no le entiende.
Y no hablo de actuar para hacer amigos, sino de ser respetuoso, honesto y claro con el otro. En resumen, de ser humano.
domingo 16 de agosto de 2009
lunes 10 de agosto de 2009
ÉTICA II
¿De qué hablamos cuando hablamos de Distancia? A mí me gustaría creer que cuando nos referimos a la llamada Distancia Terapéutica lo hacemos definiéndola como una atención específica y cercana a cada persona, relacionada con una capacidad crítica de los profesionales acerca de sus actitudes y aptitudes profesionales. En cambio, en muchas ocasiones, la Distancia profesional se relaciona con la asepsia personal, con una enorme frialdad en el trato con los pacientes. Y en mi opinión la mecanicidad del profesional la veo (y la ven muchos pacientes que ya han estado anteriormente en terapia) como manera de encubrir carencias profesionales (y puede que personales) por parte de los psicólogos ¿O si no qué es toda esa jergafasia que utilizamos en muchas ocasiones cuando no somos capaces de hablar claro?¿O creemos que es ético tratar a una persona en función sobre todo del trastorno que le diagnosticamos dejando a un lado su contexto personal?
Vuelvo a referirme a estas terapias de Tercera Generación, como la Terapia de Aceptación y Compromiso: me parece fundamental (y considero muy beneficioso para los terapeutas) fomentar la necesidad de conocer los valores personales y profesionales de cada psicólogo, facilitar el paso del paciente pasivo al sujeto activo, a la persona como motor de cambio, al protagonismo del paciente en la relación terapéutica, al análisis de cada caso como diferente, a pactar los logros y metas conjuntamente.
A veces me veo encerrado en la paradoja del psicólogo: decir a los demás que hagan lo que nosotros no hacemos y no reconocer nuestros propios errores cuando trabajamos sobre las equivocaciones de las demás personas.
Creo que ahora me toca definirme y opinar sobre estos temas. Afirmo mi apuesta por la humanización del terapeuta, creo en mi trabajo diario de la importancia de funcionar por binomios: Respeto/Afecto, Cercanía/Distancia, Confianza/Profesionalidad.
Considero que la recuperación a nivel popular del humanismo en la terapia( a veces mal enfocado o poco contrastado pero mucho más cercano en el trato a al persona que las actuales consultas de psicólogos) y la popularización de determinadas técnicas(biografía, cuentos, gestálticos, arteterapia, colorterapia, musicoterapia, psicoterapia psicodramática…) deberían enseñarnos algo acerca de lo que las personas echan de menos por parte de los que nos creemos profesionales de la terapia.
Podríamos aprender de la Psicología de Recursos Humanos, donde hace tiempo que hablan claramente sobre mentalidades abiertas, actitudes honestas, puntos fuertes y débiles, oportunidades, amenazas, gestión de sentimientos, conocimiento personal, recursos personales, expectativas…(Velasco, 1999)
Vuelvo a referirme a estas terapias de Tercera Generación, como la Terapia de Aceptación y Compromiso: me parece fundamental (y considero muy beneficioso para los terapeutas) fomentar la necesidad de conocer los valores personales y profesionales de cada psicólogo, facilitar el paso del paciente pasivo al sujeto activo, a la persona como motor de cambio, al protagonismo del paciente en la relación terapéutica, al análisis de cada caso como diferente, a pactar los logros y metas conjuntamente.
A veces me veo encerrado en la paradoja del psicólogo: decir a los demás que hagan lo que nosotros no hacemos y no reconocer nuestros propios errores cuando trabajamos sobre las equivocaciones de las demás personas.
Creo que ahora me toca definirme y opinar sobre estos temas. Afirmo mi apuesta por la humanización del terapeuta, creo en mi trabajo diario de la importancia de funcionar por binomios: Respeto/Afecto, Cercanía/Distancia, Confianza/Profesionalidad.
Considero que la recuperación a nivel popular del humanismo en la terapia( a veces mal enfocado o poco contrastado pero mucho más cercano en el trato a al persona que las actuales consultas de psicólogos) y la popularización de determinadas técnicas(biografía, cuentos, gestálticos, arteterapia, colorterapia, musicoterapia, psicoterapia psicodramática…) deberían enseñarnos algo acerca de lo que las personas echan de menos por parte de los que nos creemos profesionales de la terapia.
Podríamos aprender de la Psicología de Recursos Humanos, donde hace tiempo que hablan claramente sobre mentalidades abiertas, actitudes honestas, puntos fuertes y débiles, oportunidades, amenazas, gestión de sentimientos, conocimiento personal, recursos personales, expectativas…(Velasco, 1999)
lunes 3 de agosto de 2009
Ética en el cuidado de personas con problemas de adicción
Con la reciente aparición de las denominadas Terapias de Tercera Generación, con las que se pretende recuperar parte de los fundamentos profesionales que han regido la Psicología Clínica y de la Salud durante muchos años y dentro de la actual problemática acerca de la capacitación profesional de los psicólogos, un aspecto poco contemplado y en que casi no se incide dentro de la cualificación de los terapeutas es el de los condicionantes éticos del trabajo del psicólogo, el autoconocimiento acerca de las aptitudes del profesional, la elección de una determinada filosofía de tratamiento o el binomio respeto/confianza entre el terapeuta y el paciente.
A veces se nos olvida que los psicólogos que trabajamos en terapia no trabajamos con sesiones, ni protocolos, ni ordenadores ni cajas de cartón. Trabajamos con personas, lo que tiene que ser mucho más importante que todo lo anterior.
En los diferentes Informes de Evaluación realizados por la Comisión Nacional de Evaluación de Proyecto Hombre sobre los centros de tratamiento y deshabituación de adicciones, uno de los principales predictores sobre la eficacia del tratamiento era la adherencia al profesional o al equipo que lleva a cabo la terapia correspondiente. (CNE 2004, 2006, 2007, 2008). Sin embargo, pocas veces se menciona al explicar a los futuros psicólogos la importancia de sus actitudes y aptitudes profesionales ( y en algunos casos, personales).
¿En qué consiste la actual formación de los psicólogos y en concreto qué requisitos se exigen para ejercer como psicólogo clínico o como psicoterapeuta? Fundamentalmente en una acumulación de conocimientos sobre una o dos corrientes terapéuticas (en condiciones normales hablamos sobre corrientes de primera o segunda generación de terapias personales) que se convierte de forma casi automática en un dogma psicológico del que no se puede dudar y que no se puede cuestionar, asociado al manejo de varias técnicas relacionadas con dichas corrientes(y casi nunca formarse en corrientes alternativas o teorías diferentes), elaborar una supuesta objetividad científica en el análisis de cada paciente (casi como si observáramos a un insecto desde un microscopio) para realizar un análisis funcional(o hipótesis del caso o itinerario terapéutico o…) muy centrado en el trastorno y muy poco en la persona, realizado dependiendo de la corriente considerada como fundamental para cada terapeuta.
¿Qué significa ser un buen profesional? A veces y dependiendo de para quién sea la pregunta significa ser un autómata que se limita a repetir los movimientos adquiridos procedentes de un supuesto “gurú” de la terapia, un robot que repite los mismos tratamientos con absoluta mecanicidad y con una completa frialdad hacia la persona, un replicante (este es un pequeño homenaje a “Blade Runner” y a ¿“Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” que espero me permitan) casi humano hasta que se le toca el aspecto personal y entonces se defiende con que se termina el tiempo(o yo no he venido aquí para hacer terapia, como si hiciera falta explicar quién es el paciente y quién el terapeuta) o una persona. A partir de estas exageraciones por mi parte (pero que en algunos casos no están exentas de cierto aroma a realidad, la formación de los psicólogos puede ser enseñar qué decir palabra por palabra, cómo decirlo incluyendo en cada momento la conducta verbal y no verbal sin interacción con la persona, seguir un guión exacto sobre qué preguntas hacer sin saltarte una coma, y en algunos casos y para algunos profesionales y profesores una completa rigidez en las entrevistas (Carrasco y Luna, 1997). O sea, utilizar la distancia profesional para no equivocarse.
La distancia profesional (en mi humilde opinión) no puede utilizarse como forma de encubrir el miedo a mostrar mi lado humano, porque en este caso tendríamos que hablar acerca de la inseguridad del psicólogo para no mostrar sus emociones y su sufrimiento cuando ve sufrir al otro (Worden, 1997)(¿o es que esto no nos ocurre en ocasiones?), nuestra vana intención de querer ver el sufrimiento del otro desde fuera y no implicarse emocionalmente, el miedo a no saber desligarse emocionalmente de esa persona que debe seguir su propio camino y/o a perder esa profesionalidad por no saber reconocer mis errores(¿en qué Facultad enseñan a los psicólogos a equivocarse?).
Dentro de estas consideraciones ¿dónde entraría el uso del taco dentro de la relación profesional, como decía el recientemente fallecido Albert Ellis? Ni mencionar el comentario acerca del manotazo en la mesa frente al incumplimiento que el mismo Ellis mencionaba como adecuado dentro de su Terapia Racional Emotiva (Ellis, 1980), ahora que se valora tanto su participación el los avances terapéuticos del final del siglo XX. Evidentemente esto no significa tratar con poco respeto o si educación a los pacientes, pero sí significa ser lo más claro, honesto y concreto posible.¿Hemos aceptado los psicólogos que trabajamos en la actualidad el hecho de que en muchas ocasiones el primer “NO” firme y tajante que se la de da a una persona (sobre todo a los pertenecientes a las generaciones jóvenes) se lo damos nosotros?¿Hemos aceptado nuestra parte de responsabilidad en esta relación, sin jugar a ser ni los amiguitos ni los policías de nadie? ¿Hemos aceptado el cambio de roles sociales y las diferencias entre la educación y la cultura de los años 70 y la actual? Si la respuesta a alguna de esta pregunta es “SÏ”, ¿cuál es la razón por la que seguimos usando las mismas estrategias de hace 30 años?
A veces se nos olvida que los psicólogos que trabajamos en terapia no trabajamos con sesiones, ni protocolos, ni ordenadores ni cajas de cartón. Trabajamos con personas, lo que tiene que ser mucho más importante que todo lo anterior.
En los diferentes Informes de Evaluación realizados por la Comisión Nacional de Evaluación de Proyecto Hombre sobre los centros de tratamiento y deshabituación de adicciones, uno de los principales predictores sobre la eficacia del tratamiento era la adherencia al profesional o al equipo que lleva a cabo la terapia correspondiente. (CNE 2004, 2006, 2007, 2008). Sin embargo, pocas veces se menciona al explicar a los futuros psicólogos la importancia de sus actitudes y aptitudes profesionales ( y en algunos casos, personales).
¿En qué consiste la actual formación de los psicólogos y en concreto qué requisitos se exigen para ejercer como psicólogo clínico o como psicoterapeuta? Fundamentalmente en una acumulación de conocimientos sobre una o dos corrientes terapéuticas (en condiciones normales hablamos sobre corrientes de primera o segunda generación de terapias personales) que se convierte de forma casi automática en un dogma psicológico del que no se puede dudar y que no se puede cuestionar, asociado al manejo de varias técnicas relacionadas con dichas corrientes(y casi nunca formarse en corrientes alternativas o teorías diferentes), elaborar una supuesta objetividad científica en el análisis de cada paciente (casi como si observáramos a un insecto desde un microscopio) para realizar un análisis funcional(o hipótesis del caso o itinerario terapéutico o…) muy centrado en el trastorno y muy poco en la persona, realizado dependiendo de la corriente considerada como fundamental para cada terapeuta.
¿Qué significa ser un buen profesional? A veces y dependiendo de para quién sea la pregunta significa ser un autómata que se limita a repetir los movimientos adquiridos procedentes de un supuesto “gurú” de la terapia, un robot que repite los mismos tratamientos con absoluta mecanicidad y con una completa frialdad hacia la persona, un replicante (este es un pequeño homenaje a “Blade Runner” y a ¿“Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” que espero me permitan) casi humano hasta que se le toca el aspecto personal y entonces se defiende con que se termina el tiempo(o yo no he venido aquí para hacer terapia, como si hiciera falta explicar quién es el paciente y quién el terapeuta) o una persona. A partir de estas exageraciones por mi parte (pero que en algunos casos no están exentas de cierto aroma a realidad, la formación de los psicólogos puede ser enseñar qué decir palabra por palabra, cómo decirlo incluyendo en cada momento la conducta verbal y no verbal sin interacción con la persona, seguir un guión exacto sobre qué preguntas hacer sin saltarte una coma, y en algunos casos y para algunos profesionales y profesores una completa rigidez en las entrevistas (Carrasco y Luna, 1997). O sea, utilizar la distancia profesional para no equivocarse.
La distancia profesional (en mi humilde opinión) no puede utilizarse como forma de encubrir el miedo a mostrar mi lado humano, porque en este caso tendríamos que hablar acerca de la inseguridad del psicólogo para no mostrar sus emociones y su sufrimiento cuando ve sufrir al otro (Worden, 1997)(¿o es que esto no nos ocurre en ocasiones?), nuestra vana intención de querer ver el sufrimiento del otro desde fuera y no implicarse emocionalmente, el miedo a no saber desligarse emocionalmente de esa persona que debe seguir su propio camino y/o a perder esa profesionalidad por no saber reconocer mis errores(¿en qué Facultad enseñan a los psicólogos a equivocarse?).
Dentro de estas consideraciones ¿dónde entraría el uso del taco dentro de la relación profesional, como decía el recientemente fallecido Albert Ellis? Ni mencionar el comentario acerca del manotazo en la mesa frente al incumplimiento que el mismo Ellis mencionaba como adecuado dentro de su Terapia Racional Emotiva (Ellis, 1980), ahora que se valora tanto su participación el los avances terapéuticos del final del siglo XX. Evidentemente esto no significa tratar con poco respeto o si educación a los pacientes, pero sí significa ser lo más claro, honesto y concreto posible.¿Hemos aceptado los psicólogos que trabajamos en la actualidad el hecho de que en muchas ocasiones el primer “NO” firme y tajante que se la de da a una persona (sobre todo a los pertenecientes a las generaciones jóvenes) se lo damos nosotros?¿Hemos aceptado nuestra parte de responsabilidad en esta relación, sin jugar a ser ni los amiguitos ni los policías de nadie? ¿Hemos aceptado el cambio de roles sociales y las diferencias entre la educación y la cultura de los años 70 y la actual? Si la respuesta a alguna de esta pregunta es “SÏ”, ¿cuál es la razón por la que seguimos usando las mismas estrategias de hace 30 años?
Cómo formar delincuentes y adictos
Agradezco al juez Don Emilio Calatayud el conocimiento de este decálogo de antiaprendizaje.
1. Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que le pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.
2. Cuando diga malas palabras, ríaselas. Esto le hará pensar que es muy gracioso y le animará a decir palabras aún más “graciosas”.
3. No le de ninguna educación espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente por sí mismo.
4. No le reprenda nunca ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpa. Cuando más tarde lo arresten por algún delito, se consolorá pensando que la sociedad está en contra de él y que es víctima de una persecución.
5. Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, juguetes, ropa…Hágaselo todo, ahórrele todo esfuerzo. Así creerá que todos están a su servicio y se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.
6. Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide bien de sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero deje que se le llene la mente de “basura”.
7. Dispute y riña a menudo con su cónyuge en presencia de su hijo. Así no se sorprenderá ni le dolerá demasiado el día en que la familia quede destrozada para siempre.
8. Déle todo el dinero que quiera gastar, no vaya a sospechar que para disponer de él es necesario trabajar. ¿Por qué dejar que el pobrecito pase los mismos sinsabores que usted?
9. Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. La mortificación y la austeridad no harían más que conducirle a una frustración perjudicial.
10. Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con los vecinos, maestros o policías. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo, que le han tomado manía y que le quieren mal.
(Tornado de Bernabé Tierno (1996): “Adolescentes: las cien preguntas clave. Planeta)
1. Comience desde la infancia dando a su hijo todo lo que le pida. Así crecerá convencido de que el mundo entero le pertenece.
2. Cuando diga malas palabras, ríaselas. Esto le hará pensar que es muy gracioso y le animará a decir palabras aún más “graciosas”.
3. No le de ninguna educación espiritual. Espere a que alcance la mayoría de edad para que pueda decidir libremente por sí mismo.
4. No le reprenda nunca ni le diga que está mal algo de lo que hace. Podría crearle complejos de culpa. Cuando más tarde lo arresten por algún delito, se consolorá pensando que la sociedad está en contra de él y que es víctima de una persecución.
5. Recoja todo lo que él deja tirado: libros, zapatos, juguetes, ropa…Hágaselo todo, ahórrele todo esfuerzo. Así creerá que todos están a su servicio y se acostumbrará a cargar la responsabilidad sobre los demás.
6. Déjele leer todo lo que caiga en sus manos. Cuide bien de sus platos, cubiertos y vasos estén esterilizados, pero deje que se le llene la mente de “basura”.
7. Dispute y riña a menudo con su cónyuge en presencia de su hijo. Así no se sorprenderá ni le dolerá demasiado el día en que la familia quede destrozada para siempre.
8. Déle todo el dinero que quiera gastar, no vaya a sospechar que para disponer de él es necesario trabajar. ¿Por qué dejar que el pobrecito pase los mismos sinsabores que usted?
9. Satisfaga todos sus deseos, apetitos, comodidades y placeres. La mortificación y la austeridad no harían más que conducirle a una frustración perjudicial.
10. Póngase de su parte en cualquier conflicto que tenga con los vecinos, maestros o policías. Piense que todos ellos tienen prejuicios contra su hijo, que le han tomado manía y que le quieren mal.
(Tornado de Bernabé Tierno (1996): “Adolescentes: las cien preguntas clave. Planeta)
CANNABIS III
Hay varios factores más socioeconómicos a tener en cuenta: parece evidente el conocido Síndrome Amotivacional que produce el consumo de cannabis en adolescentes y su relación con el absentismo escolar y el fracaso en los estudios. ¿Por qué no se realiza un análisis similar con los consumidores adultos y el absentismo laboral? ¿Cuál es el porcentaje de las bajas provocadas por el consumo en adultos en edad de trabajar?¿Cuál es el porcentaje de accidentes laborales correlacionados con el uso de cannabis en diferentes actividades profesionales (construcción, transporte, industria…) que requieren plena atención por parte de los trabajadores en muchas ocasiones?(Mayor, 2007).
¿Cuál es la correlación en las unidades de Salud Mental entre consumo de cannabis y trastornos de la personalidad? ¿Cuál son la contigüidad y contingencia entre atracones de cannabis en fases críticas y aparición de trastornos psicóticos? ¿Cuántos de los atendidos en unidades de ayuda para la adicción presentan alteraciones del ánimo sin diagnosticar y consumo de hachís o marihuana? ¿Cuál es la relación entre el consumo de cannabis y los accidentes de tráfico? Y no hablamos solo de muertos, se pueden estudiar los datos sobre lesionados graves en accidentes y las consecuencias que han tenido (Fernández Mondéjar, 2005). Quizás estos datos no interesan y sí los relacionados con el uso del alcohol y la velocidad al volante. Puede ser que la pérdida de concentración, atención y reflejos sea tan peligrosa como la velocidad. Quizás prevenir es también trabajar en evitar todos estos problemas y no solamente el consumo de las sustancias.
Eso sí, estas preguntas no pueden demonizar la sustancia: el consumo de cannabis está documentado desde hace casi 4500 años en China, desde hace 3500 en la india, desde hace 2800 años en Persia, después en Grecia, Roma, Marco Polo, Baudelaire, Delacroix,..Incluso en novelas como “El conde de Montecristo” se explica el uso y los efectos (y creo que todos conocemos dicha novela y no consideramos al pobre Edmundo Dantés principalmente un drogadicto). O sea, su uso cultural y social está presente en diferentes civilizaciones y culturas desde el mismo tiempo que el alcohol y en contextos muy similares.
El problema con el cannabis llegó en su asociación con el movimiento hippy y contracultural y su uso combinado con otras sustancias e integrados en un determinado estilo de vida. Pero ese es el problema: la asociación de esta sustancia a una determinada cohorte social provoca su exclusión en un contexto y su uso exclusivo en otro.
De hecho, me parece un tanto contradictorio el uso supuestamente cultural del consumo actual de cannabis en un contexto social y económico tan diferente como el que nos encontramos en el principio del tercer Milenio en contraste con los movimientos revolucionarios y contraculturales de las décadas de los 60 y 70. Y que los argumentos para demonizar y prevenir dicho consumo sean propios de esa época ya tan lejana y distante en el tiempo y en la mentalidad de los actuales grupos sociales..
El problema (y me supongo que este debe ser mi problema) es que creo que esta opinión requiere un muy profundo análisis cultural y social, más en clave antropológica y de Geografía humana que médico/epidemiológico y psicológico/psiquiátrico. Y al hablar de las drogas (sean cuales sean) al final parece que tenemos que hablar de Sanidad y no de conflicto social.
Quizás deberíamos preguntar los motivos personales y sociales a los consumidores, y no los sanitarios o de salud. Quizás deberíamos ayudar a desentrañar las excusas del consumo de cannabis actual. Quizás sería más sencillo que los consumidores pudieran hablar de carencias, de inseguridades, de presiones grupales, de paz artificial, de anestesia emocional, de complejos, de falta de apoyo familiar, de normas familiares y sociales…Igual la explicación más simple vuelve a ser la adecuada. Igual nuestra responsabilidad es ayudar a hablar del tema con claridad. Y, por favor, sin hipocresía.
¿Cuál es la correlación en las unidades de Salud Mental entre consumo de cannabis y trastornos de la personalidad? ¿Cuál son la contigüidad y contingencia entre atracones de cannabis en fases críticas y aparición de trastornos psicóticos? ¿Cuántos de los atendidos en unidades de ayuda para la adicción presentan alteraciones del ánimo sin diagnosticar y consumo de hachís o marihuana? ¿Cuál es la relación entre el consumo de cannabis y los accidentes de tráfico? Y no hablamos solo de muertos, se pueden estudiar los datos sobre lesionados graves en accidentes y las consecuencias que han tenido (Fernández Mondéjar, 2005). Quizás estos datos no interesan y sí los relacionados con el uso del alcohol y la velocidad al volante. Puede ser que la pérdida de concentración, atención y reflejos sea tan peligrosa como la velocidad. Quizás prevenir es también trabajar en evitar todos estos problemas y no solamente el consumo de las sustancias.
Eso sí, estas preguntas no pueden demonizar la sustancia: el consumo de cannabis está documentado desde hace casi 4500 años en China, desde hace 3500 en la india, desde hace 2800 años en Persia, después en Grecia, Roma, Marco Polo, Baudelaire, Delacroix,..Incluso en novelas como “El conde de Montecristo” se explica el uso y los efectos (y creo que todos conocemos dicha novela y no consideramos al pobre Edmundo Dantés principalmente un drogadicto). O sea, su uso cultural y social está presente en diferentes civilizaciones y culturas desde el mismo tiempo que el alcohol y en contextos muy similares.
El problema con el cannabis llegó en su asociación con el movimiento hippy y contracultural y su uso combinado con otras sustancias e integrados en un determinado estilo de vida. Pero ese es el problema: la asociación de esta sustancia a una determinada cohorte social provoca su exclusión en un contexto y su uso exclusivo en otro.
De hecho, me parece un tanto contradictorio el uso supuestamente cultural del consumo actual de cannabis en un contexto social y económico tan diferente como el que nos encontramos en el principio del tercer Milenio en contraste con los movimientos revolucionarios y contraculturales de las décadas de los 60 y 70. Y que los argumentos para demonizar y prevenir dicho consumo sean propios de esa época ya tan lejana y distante en el tiempo y en la mentalidad de los actuales grupos sociales..
El problema (y me supongo que este debe ser mi problema) es que creo que esta opinión requiere un muy profundo análisis cultural y social, más en clave antropológica y de Geografía humana que médico/epidemiológico y psicológico/psiquiátrico. Y al hablar de las drogas (sean cuales sean) al final parece que tenemos que hablar de Sanidad y no de conflicto social.
Quizás deberíamos preguntar los motivos personales y sociales a los consumidores, y no los sanitarios o de salud. Quizás deberíamos ayudar a desentrañar las excusas del consumo de cannabis actual. Quizás sería más sencillo que los consumidores pudieran hablar de carencias, de inseguridades, de presiones grupales, de paz artificial, de anestesia emocional, de complejos, de falta de apoyo familiar, de normas familiares y sociales…Igual la explicación más simple vuelve a ser la adecuada. Igual nuestra responsabilidad es ayudar a hablar del tema con claridad. Y, por favor, sin hipocresía.
miércoles 8 de julio de 2009
CANNABIS II
La misma imagen no aparece con un antiguo conocido de los cuidados paliativos como los opiáceos (morfina y derivados). ¿Acaso cuando se ha hablado de las sedaciones o los enfermos de cáncer terminales se han mostrado imágenes de personas inyectándose heroína? No, porque los opiáceos (sobre todo la heroína) fuera de la medicina está socialmente estigmatizada y asociada al concepto ”yonki” desde los años 80, definición de “yonki” a la que ninguno de los usuarios del cannabis le gustaría estar asociado. Se habla de parches, de usos paliativos, de analgesia…No de drogas ni de consumos.
De hecho, no es correcto hablar de drogas cuando se menciona el uso médico de las sustancia. Ni siquiera se debería hablar de drogas cuando lo que se plantea es el trastorno adictivo de un grupo de personas. Porque es ahí donde se debería enfocar el problema: no en las sustancias que tienen un objetivo determinado en un contexto y un fin recreativo o adictivo en otro; sino en las personas que deciden que uso/abuso van a proporcionar a esta sustancia, en qué contexto, con qué rituales, por qué motivos y para tapar qué carencias personales y/o emocionales. Este es el problema, no la heroína, la cocaína o el cannabis.
De hecho, el uso “social” del cannabis se está habitualmente asociando a un supuesto consumidor joven que lo utiliza de forma más o menos experimental y que realiza el consumo en unos supuestos rituales grupales socialmente aceptados cuando no consentidos explícitamente por los supuestos adultos responsables. Es cierto que los datos muestran una cantidad muy elevada de jóvenes que consumen habitualmente cannabis (220.00 según la encuesta del Observatorio Español-2007), pero este porcentaje supone tan solo el 35 % de los consumidores detectados por esta encuesta. ¿Qué pasa con esos 380.000 consumidores mayores de 25 años? ¿Dónde está su consumo social? ¿Dónde está la experimentación?¿Cuál son las razones de un consumo tan extendido y aceptado en personas adultas? Escasamente se menciona que España, Dinamarca y Gran Bretaña se han situado como los principales países consumidores de cannabis en Europa y que dicha sustancia se sitúa como la principal demanda de tratamiento por problemas con las adicciones y en las demandas se menciona como droga principal de uso en Europa(OED, 2006).
De hecho, no es correcto hablar de drogas cuando se menciona el uso médico de las sustancia. Ni siquiera se debería hablar de drogas cuando lo que se plantea es el trastorno adictivo de un grupo de personas. Porque es ahí donde se debería enfocar el problema: no en las sustancias que tienen un objetivo determinado en un contexto y un fin recreativo o adictivo en otro; sino en las personas que deciden que uso/abuso van a proporcionar a esta sustancia, en qué contexto, con qué rituales, por qué motivos y para tapar qué carencias personales y/o emocionales. Este es el problema, no la heroína, la cocaína o el cannabis.
De hecho, el uso “social” del cannabis se está habitualmente asociando a un supuesto consumidor joven que lo utiliza de forma más o menos experimental y que realiza el consumo en unos supuestos rituales grupales socialmente aceptados cuando no consentidos explícitamente por los supuestos adultos responsables. Es cierto que los datos muestran una cantidad muy elevada de jóvenes que consumen habitualmente cannabis (220.00 según la encuesta del Observatorio Español-2007), pero este porcentaje supone tan solo el 35 % de los consumidores detectados por esta encuesta. ¿Qué pasa con esos 380.000 consumidores mayores de 25 años? ¿Dónde está su consumo social? ¿Dónde está la experimentación?¿Cuál son las razones de un consumo tan extendido y aceptado en personas adultas? Escasamente se menciona que España, Dinamarca y Gran Bretaña se han situado como los principales países consumidores de cannabis en Europa y que dicha sustancia se sitúa como la principal demanda de tratamiento por problemas con las adicciones y en las demandas se menciona como droga principal de uso en Europa(OED, 2006).
martes 7 de julio de 2009
CANNABIS I
Es relativamente fácil hacer demagogia sobre las sustancias y su implicación en el fenómeno de las adicciones. También es sencillo apelar a sus efectos medicinales y farmacéuticos, especialmente para afectados por enfermedades que resultan muy complejas (por afectado pretendo contemplar al enfermo y su entorno: familia, pareja, amigos, compañeros de trabajo, etc). Lo que no puede consentirse es el uso interesado de medias verdades y la omisión de informaciones y datos concretos en otras ocasiones. En concreto, me gustaría poder analizar el curioso fenómeno que en España se presenta al contemplar el uso terapéutico del cannabis y su relación con el consumo social de sus derivados.
No voy a discutir la necesidad de utilizar los fármacos que sean necesarios para ayudar a combatir o afrontar una enfermedad, sobre todo aquellas que planteen molestias y dolores más o menos permanentes o crónicos. Puede ser realmente insoportable enfrentarse a una esclerosis múltiple o a un tratamiento por un cáncer sin apoyo farmacológico. Con lo que no estoy de acuerdo es con relacionar esa atención a través de medicamentos con el uso del cannabis. Por ejemplo, en Cataluña se está realizando un ensayo clínico con muy buenos resultados (aunque normalmente jamás se publica un ensayo clínico con malos resultados) utilizando un fármaco que se llama “Sativex” que contiene como principio activo sustancias cannabinoides. El problema es que cuando se habla de este ensayo de inmediato se asocia (en algunos casos incluso con imágenes explícitas en medios de información) con personas normalmente jóvenes fumando canutos. ¿Por qué?
No voy a discutir la necesidad de utilizar los fármacos que sean necesarios para ayudar a combatir o afrontar una enfermedad, sobre todo aquellas que planteen molestias y dolores más o menos permanentes o crónicos. Puede ser realmente insoportable enfrentarse a una esclerosis múltiple o a un tratamiento por un cáncer sin apoyo farmacológico. Con lo que no estoy de acuerdo es con relacionar esa atención a través de medicamentos con el uso del cannabis. Por ejemplo, en Cataluña se está realizando un ensayo clínico con muy buenos resultados (aunque normalmente jamás se publica un ensayo clínico con malos resultados) utilizando un fármaco que se llama “Sativex” que contiene como principio activo sustancias cannabinoides. El problema es que cuando se habla de este ensayo de inmediato se asocia (en algunos casos incluso con imágenes explícitas en medios de información) con personas normalmente jóvenes fumando canutos. ¿Por qué?
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